lunes, 13 de abril de 2009

Ejercicio práctico para mi curso de literatura de viajes

Por fin hemos terminado de bajar todas las cosas al garaje. Cuando las ves delante del coche te agarra una agobio, así, gordito en la garganta. ¿Cabrá todo? La silla de paseo, la maxicosi, la cuna de viaje, el calienta-biberones, las maletas de los tres, la manta de juegos, el gimnasio. ¿Nos hemos vuelto locos o qué? Menos mal que al final hemos decidido no llevarnos la thermomix para los purés, al fin y al cabo sólo nos vamos cuatro días.

Qué diferente este primer viaje a Santoña de Juanito con aquellos viajes que hacíamos de pequeños a Sierra Espuña, a Portugal, a Madrid ida y vuelta pasando por Galicia.

Me viene a la memoria aquel Citroen color azul imposible y el humo del cigarrillo de mi madre. Siempre salíamos tarde, pero no importaba, la vida iba más despacio y los viajes duraban doce horas.

Mientras recuerdo la hamaca donde llevábamos a mi hermano en el coche, que colgaba de lado a lado y se balanceaba peligrosamente encima de nuestras cabezas, Ramón termina de amarrar la silla. Cinco puntos de fijación en dirección opuesta a la marcha, ¡señora, toda seguridad es poca cuando se trata de sus hijos!... aunque no pueda verles la cara en todo el viaje.

Todavía no nos hemos decidido a llevar el dvd portátil para que Juan vaya viendo películas, qué diferente a los “veo veo” que siempre acababan en bronca fraternal y algún que otro manotazo de mi madre imposible de esquivar.

Cuando nos entraba el sueño, nos dormíamos apoyados unos en otros. Cuando le entraba sueño a mi padre, parábamos en cualquier cuneta y él se echaba una siesta. Los niños hablan cuando las gallinas mean, decía mi madre, así que ahí nos quedábamos nosotros calladitos y sin molestar a 40 grados a la sombra.

Si alguien necesitaba ir al cuarto de baño, era fácil, se aguantaba hasta que a todos le entraran las ganas, se paraba y se hacía un “pis de campo” multitudinario y familiar. La familia que mea unida, permanece unida. A veces se cambiaban los pañales en marcha, como aquella ocasión en que mi madre lanzó un pañal bien cargado por la ventanilla con la mala suerte de ir a parar al parabrisas de unos alemanes que venían a disfrutar del sol, la playa y la hospitalidad hispana.

Ramón termina de encajar la maleta del niño, ya se ha enfadado conmigo porque no he ayudado nada. Subimos al coche y salimos del garaje. Enfilamos la nacional I camino del norte, Ramón enciende la radio y suena el soniquete tan conocido.

Hay cosas que no cambian aunque pasen tantos años, la ilusión por el viaje y el Carrusel Deportivo.

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