Me tumbo en la arena con un libro entre las manos. No leo. Le observo en su ir y venir patoso entre lo que son para él dunas insalvables.
Coge el rastrillo con los dedos regordetes de una mano que en un futuro seguramente será enorme.
Un castillo, se cae: ¡me caigo! Se queda tumbado en la arena, tranquilo, con las manos amasa la arena, se levanta, se sacude en la camiseta, mira a un lado, a otro, sus movimientos son todos inconexos, caóticos, por lo menos para el observador. Baja corriendo hasta la orilla, se moja los bordes de su traje de baño verde con flores blancas, vuelve, se tira como Casillas, de lado, levanta una pierna, paradón!
Le veo subir y bajar, habla sin parar, se entretiene con cualquier cosa, imagina, lanza sorprendentemente bien una pelota de tenis sin pelo, vuelve al castillo, disfruta ¡tanto!
¡Mucho sol! Me levanto y le pongo una gorra y le planto un beso sonoro en sus mofletes y le huelo. ¡Y huele tan bien y es tan suave su piel!
Es un niño de casi dos años en la arena de Berria.